Como todos los domingos, este 24 de junio a la hora del Ángelus, el Santo Padre Francisco se asomó a la ventana del Palacio Apostólico Pontificio para rezar junto con los fieles allí presentes la oración a la madre de Dios, e impartir su catequesis sobre el Evangelio del día, que hoy nos presenta el nacimiento de San Juan Bautista. En la fiesta de San Juan, que la Iglesia católica celebra exactamente seis meses antes de la Navidad, el Romano Pontífice abordó el tema del misterio de la vida humana. A partir del recorrido que realizó a través de las palabras del Evangelio de San Lucas, que narra la maravilla del nacimiento de Juan de padres ya ancianos, el Papa habló de la lógica de Dios, que “no depende” de la nuestra, ni tampoco de nuestra “limitada capacidad humana”. Compartimos a continuación, el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista. Su nacimiento es el evento que ilumina la vida de sus padres Isabel y Zacarías, e involucra en la alegría y el asombro a familiares y vecinos. Estos ancianos padres habían soñado y también preparado ese día, pero ahora ya no lo esperaban: se sentían excluidos, humillados, decepcionados. No tenían hijos. Frente al anuncio del nacimiento de un hijo (cf Lc 1, 13), Zacarías permaneció incrédulo, porque las leyes naturales no lo permitían; eran viejos, eran ancianos; como consecuencia, el Señor lo hizo mudo durante todo el tiempo de la gestación (cf v. 20). Es una señal. Pero Dios no depende de nuestra lógica y de nuestras limitadas capacidades humanas. Se necesita aprender a confiarse y a guardar silencio frente al misterio de Dios y a contemplar con humildad y silencio su obra, que se revela en la historia y que a tantas veces supera nuestra imaginación.

Y ahora que el evento se cumple, ahora que Isabel y Zacarías experimentan que «nada es imposible para Dios» (Lc 1, 37), grande es su alegría. La página evangélica de hoy (Lc 1, 57-66.80) anuncia el nacimiento y después se centra en el momento de imponer el nombre al niño. Isabel elige un nombre extraño a la tradición familiar y dice: «Se llamará Juan» (v 60), don gratuito y ahora inesperado, porque Juan significa “Dios ha hecho gracia”. Y este niño será heraldo, testigo de la gracia de Dios para los pobres que esperan con humilde fe su salvación. Zacarías confirma inesperadamente la elección de aquel nombre, escribiéndolo en una tabla – porque estaba mudo –, y «al instante se le abrió la boca y se le aflojó la lengua, y hablaba normalmente, bendiciendo a Dios» (v. 64).

Todo el evento del nacimiento de Juan el Bautista está rodeado por un alegre sentido de asombro, de sorpresa y de gratitud. Asombro, sorpresa, gratitud. La gente es presa de un santo temor de Dios «y por toda la región montañosa de Judea se hablaba de todas estas cosas» (v. 65). Hermanos y hermanas, el pueblo fiel intuye que ha sucedido algo grande, aunque sea humilde y escondido, y se pregunta: «¿Qué será este niño?» (v. 66).  El pueblo fiel de Dios es capaz de vivir la fe con alegría, con sentido de asombro, de sorpresa y de gratitud. Miremos a esta gente que hablaba bien de esta cosa maravillosa, de este milagro del nacimiento de Juan, y lo hacía con alegría, estaban contentos, con un sentido de asombro, de sorpresa y gratitud. Y mirando esto preguntémonos: ¿cómo está mi fe? ¿Es una fe gozosa, o es una fe siempre igual, una fe “plana”? ¿Tengo un sentido de asombro, cuando veo las obras del Señor, cuando escucho hablar de la evangelización o la vida de un santo, o cuando veo a tanta gente buena: ¿siento la gracia, dentro, o nada se mueve en mi corazón? ¿Sé sentir las consolaciones del Espíritu o estoy cerrado? Preguntémonos, cada uno de nosotros, en un examen de conciencia: ¿cómo es mi fe? ¿Es gozosa? ¿Está abierta a las sorpresas de Dios? Porque Dios es el Dios de las sorpresas. ¿He “saboreado” en el alma ese sentido de asombro que da la presencia de Dios, este sentido de gratitud? Pensemos en estas palabras, que están en el alma de la fe: alegría, sentido de asombro, sentido de sorpresa y gratitud.

La Virgen Santa nos ayude a comprender que en cada persona humana está la huella de Dios, fuente de la vida. Ella, Madre de Dios y Madre nuestra, nos haga cada vez más conscientes de que en la generación de un hijo los padres actúan como colaboradores de Dios. Una misión verdaderamente sublime que hace de cada familia un santuario de la vida y despierta – cada nacimiento de un hijo – la alegría, el asombro, la gratitud.