En su alocución previa al rezo mariano del Ángelus este 17 de junio, el Santo Padre recordó que “dentro de los pliegues de eventos personales y sociales que a veces parecen marcar el naufragio de la esperanza, debemos permanecer confiados en la acción tenue pero poderosa de Dios”. Por eso, dijo el Papa, en los momentos de oscuridad y dificultad, no debemos sentirnos abatidos, sino permanecer anclados en la fidelidad de Dios, en su presencia que siempre salva. Recuerden esto: Dios siempre salva, el Salvador. Jesús compara el Reino de Dios a un granito de mostaza. Es una semilla muy pequeña, pero se desarrolla tanto que se convierte en la más grande de todas las plantas en el huerto: un crecimiento impredecible, sorprendente. No es fácil para nosotros entrar en esta lógica de la imprevisibilidad de Dios y aceptarla en nuestras vidas. Pero hoy el Señor nos exhorta a una actitud de fe que supera nuestros proyectos, nuestros cálculos, nuestras previsiones. Compartimos a continuación, el texto completo de su alocución traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la página evangélica de hoy (cf. Mc 4, 26-34), Jesús habla a la multitud del Reino de Dios y del dinamismo de su crecimiento, y lo hace contando dos breves parábolas.

En la primera parábola (v. 26-29), el Reino de Dios es comparado con el crecimiento misterioso de la semilla, que se siembra en la tierra y después germina, crece y produce la espiga, independientemente de los cuidados del campesino, que al final de la maduración hace la cosecha. El mensaje que esta parábola nos entrega es éste: mediante la predicación y la acción de Jesús, el Reino de Dios es anunciado, ha hecho irrupción en el campo del mundo y, como la semilla, crece y se desarrolla por sí mismo, por su propia fuerza y según sus criterios humanamente no descifrables. Ella, en su crecer y germinar en la historia, no depende tanto del trabajo del hombre, sino es sobre todo expresión del poder y de la bondad de Dios y de la fuerza del Espíritu Santo que es quien lleva adelante la vida cristiana en el Pueblo de Dios.

A veces la historia, con sus acontecimientos y sus protagonistas, parece ir en sentido contrario al designio del Padre celestial, que quiere para todos sus hijos la justicia, la fraternidad, la paz. Pero nosotros estamos llamados a vivir estos períodos como temporadas de prueba, de esperanza y espera vigilante de la cosecha. En efecto, ayer como hoy, el Reino de Dios crece en el mundo de una manera misteriosa, de manera sorprendente, revelando el poder oculto de la pequeña semilla, su vitalidad victoriosa. Dentro de los pliegues de acontecimientos personales y sociales que a veces parecen marcar el naufragio de la esperanza, es necesario permanecer confiado en la acción tenue pero poderosa de Dios. Por esto, en momentos de tinieblas y de dificultades no debemos abatirnos, sino permanecer anclados en la fidelidad de Dios, en su presencia que siempre salva. Acuérdense de esto: Dios siempre salva, es el salvador.

En la segunda parábola (v. 30-32), Jesús compara el Reino de Dios con un granito de mostaza. Es una semilla pequeñísima, sin embargo se desarrolla tanto hasta convertirse en la más grande de todas las plantas del huerto: un crecimiento impredecible, sorprendente. No es fácil para nosotros entrar en esta lógica de lo impredecible de Dios y aceptarla en nuestra vida. Pero hoy el Señor nos exhorta a una actitud de fe que supera nuestros proyectos, nuestros cálculos, nuestras previsiones. Dios es siempre el Dios de las sorpresas. El Señor siempre nos sorprende. Es una invitación a abrirnos con más generosidad a los planes de Dios, tanto a nivel personal como en el comunitario. En nuestras comunidades se necesita prestar atención en las pequeñas y grandes ocasiones de bien que el Señor nos ofrece, dejándonos involucrar en su dinámica de amor, de acogida y de misericordia hacia todos.

La autenticidad de la misión de la Iglesia no es dada por el éxito o por la gratificación de los resultados, sino en el ir adelante con la valentía de la confianza y la humildad del abandono en Dios. Ir adelante en la confesión de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo. Es la consciencia de ser pequeños y débiles instrumentos, que en las manos de Dios y con su gracia pueden realizar grandes obras, haciendo progresar su Reino que es «justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rom 14, 17). Que la Virgen María nos ayude a ser simples, a estar atentos, para colaborar con nuestra fe y con nuestro trabajo en el desarrollo del Reino de Dios en los corazones y en la historia.