En la Solemnidad de Corpus Christi, celebrada este 3 de junio en Italia y en muchos países, el Papa Francisco se asomó a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano para rezar junto con los fieles presentes en la plaza de San Pedro la oración mariana del Ángelus. En la alocución previa, comentando el Evangelio que la liturgia del día nos propone en esta Solemnidad, el Romano Pontífice habló de la fuerza del testamento de amor dejado por Jesucristo nuestro Señor, tal como el evangelista Marcos lo narra al escribir las palabras del Maestro en la Última Cena. “Precisamente en la fuerza de ese testamento de amor – dijo el Papa – la comunidad cristiana se reúne todos los domingos, y cada día, alrededor de la Eucaristía, sacramento del sacrificio redentor de Cristo”. “Atraídos por su presencia real – prosiguió – los cristianos lo adoran y lo contemplan a través del humilde signo del pan convertido en su Cuerpo”. Compartimos a continuación, el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy en muchos países, entre los que está Italia, se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, o, según la expresión latina más conocida, la solemnidad del Corpus Domini. El Evangelio nos recuerda las palabras de Jesús, pronunciadas en la Última Cena con sus discípulos: «Tomen, este es mi cuerpo» Y después: «Esta es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos». (Mc 14, 22-24). Precisamente por la fuerza de este testamento de amor, la comunidad cristiana se reúne todos los domingos, y todos los días, en torno a la Eucaristía, Sacramento del Sacrificio redentor de Cristo. Y atraídos por su presencia real, los cristianos lo adoran y lo contemplan a través del humilde signo del pan convertido en su Cuerpo.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, a través de este Sacramento tan sobrio y a la vez tan solemne, hacemos experiencia de la Nueva Alianza, que realiza en plenitud la comunión entre Dios y nosotros. Y en cuanto que partícipes de esta Alianza, nosotros, incluso pequeños y pobres, colaboramos en edificar la historia como Dios quiere. Por esto, toda celebración eucarística, mientras constituye un acto de culto público a Dios, se refiere a la vida y a los eventos concretos de nuestra existencia. Mientras nos nutrimos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, somos asimilados a Él, recibimos en nosotros su amor, no para guardarlo celosamente, sino para compartirlo con los demás. Esta lógica está inscrita en la Eucaristía, recibimos en nosotros su amor y lo compartimos con los demás. Esta es la lógica eucarística. En ella de hecho contemplamos a Jesús, pan partido y entregado, sangre derramada por nuestra salvación. Es una presencia que como fuego quema en nosotros las actitudes egoístas, nos purifica de la tendencia a dar solamente cuando hemos recibido, y enciende el deseo de hacernos también nosotros, en unión con Jesús, pan partido y sangre derramada por los hermanos.

Por tanto, la fiesta del Corpus Domini es un misterio de atracción a Cristo y de transformación en Él. Y es escuela de amor concreto, paciente y sacrificado, como Jesús en la cruz. Nos enseña a ser más acogedores y disponibles hacia cuantos están en busca de comprensión, de ayuda, de ánimo y están marginados y solos. La presencia de Jesús vivo en la Eucaristía es como una puerta, una puerta abierta entre el templo y el camino, entre la fe y la historia, entre la ciudad de Dios y la ciudad del hombre.

Expresiones de la piedad eucarística popular son las procesiones con el Santísimo Sacramento, que en la solemnidad de hoy se desarrollan en muchos países. Yo también esta tarde, en Ostia – como lo hizo el Beato Pablo VI hace 50 años – celebraré la Misa, a la que seguirá la procesión con el Santísimo Sacramento. Invito a todo el mundo a participar, también espiritualmente, por radio y televisión. Que la Virgen María nos acompañe en este día.