Dios no es una entidad lejana e indiferente: es el “Dios con nosotros”, nos ama, está interesado en nuestra historia personal y cuida de cada uno, a partir de los más pequeños y necesitados. El Santo Padre Francisco se asomó al mediodía de este 27 de mayo a la ventana del Palacio Apostólico, para rezar junto con los fieles y peregrinos la oración mariana del Ángelus dominical, y para realizar su catequesis sobre el Evangelio del día. En la fiesta de la Santísima Trinidad el Evangelio de Mateo presenta el envío a la misión de Jesús a sus discípulos y también la plena autoridad con que se presenta el Resucitado: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18), ordena el Señor. Compartimos a continuación, el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, domingo después de Pentecostés, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Una fiesta para contemplar y alabar el misterio del Dios de Jesucristo, que es Uno en la comunión de tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Para celebrar con asombro siempre nuevo al Dios-Amor, que nos ofrece su vida gratuitamente y nos pide difundirla en el mundo.

Las Lecturas bíblicas de hoy nos hacen comprender que Dios no quiere tanto revelarnos que Él existe, sino que es el “Dios con nosotros”, cercano a nosotros, que nos ama, que camina con nosotros, está interesado en nuestra historia personal y se ocupa de todos, a partir de los más pequeños y necesitados. Él «es Dios allá en los cielos» pero también «aquí en la tierra» (Dt 4, 39). Por tanto, nosotros no creemos en una entidad lejana, ¡no! Una entidad indiferente, ¡no! Sino, al contrario, creemos en el Amor que creó el universo y ha generado un pueblo, se hizo carne, murió y resucitó por nosotros, y como Espíritu Santo, transforma todo y lleva a la plenitud.

San Pablo (Rm 8, 14-17), quien en primera persona experimentó esta transformación hecha por el Dios-Amor, nos comunica su deseo de ser llamado Padre, o más bien “Papá” – Dios es “nuestro Papá” –, con la total confianza de un niño que se abandona en los brazos de quien le ha dado la vida. El Espíritu Santo – recuerda nuevamente al Apóstol – al actuar en nosotros hace que Jesucristo no se reduzca a un personaje del pasado, no, sino que lo sentimos cercano, nuestro contemporáneo, y experimentamos la alegría de ser hijos amados de Dios. En fin, en el Evangelio, el Señor resucitado promete quedarse con nosotros para siempre. Y precisamente gracias a esta su presencia y a la fuerza de su Espíritu podemos realizar con serenidad la misión que Él nos confía. ¿Cuál es la misión? Anunciar y dar testimonio a todos de su Evangelio y así expandir la comunión con Él y la alegría que de ello se deriva. Dios, al caminar con nosotros, nos llena de alegría y la alegría es un poco el primer lenguaje del cristiano.

Por tanto, la fiesta de la Santísima Trinidad nos hace contemplar el misterio de Dios que incesantemente crea, redime y santifica, siempre con amor y por amor, y a cada criatura que lo acoge le da el reflejar un rayo de su belleza, bondad y verdad. Él siempre ha elegido caminar con la humanidad y forma un pueblo que sea bendición para todas las naciones y para toda persona, sin excluir a nadie. El cristiano no es una persona aislada, pertenece a un pueblo: este pueblo que Dios forma. No se puede ser cristiano sin tal pertenencia y comunión. Nosotros somos pueblo: el pueblo de Dios. La Virgen María nos ayude a cumplir con alegría la misión de dar testimonio al mundo, sediento de amor, que el sentido de la vida es precisamente el amor infinito, el amor concreto del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.