La fiesta de Pentecostés: “solemnidad que nos recuerda y nos hace revivir el derramamiento del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y otros discípulos”. Con estas palabras, el Papa Francisco recordó este 20 de mayo, delante de los fieles presentes en la Plaza de San Pedro durante el Regina Coeli, el día que “comenzó la historia de la santidad cristiana”. Y comenzó precisamente ese día porque el Espíritu Santo “es la fuente de la santidad, que no es el privilegio de unos pocos, sino la vocación de todos”, dijo el Papa. Momento en el que recordó una de las frases que se leen en su Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate: “El Espíritu Santo derrama santidad, en todas partes, en el pueblo santo y fiel de Dios” e hizo referencia a la afirmación del Concilio Vaticano II, cuando dice: “Dios quería santificar y salvar a los hombres, no individualmente y sin ninguna conexión entre ellos, sino que quiere convertirlos en un pueblo, reconociéndolo según la verdad y servirlo en santidad”. Reproducimos a continuación, el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la fiesta de Pentecostés de este día culmina el tiempo de Pascua, centrado en la muerte y resurrección de Jesús. Esta solemnidad nos hace recordar y revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los demás discípulos, reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo (Hch 2, 1-11). En aquel día tuvo inicio la historia de la santidad cristiana, porque el Espíritu Santo es la fuente de la santidad, que no es privilegio de pocos, sino vocación de todos.

Por el Bautismo, de hecho, todos estamos llamados a participar en la misma vida divina de Cristo y, con la Confirmación, a convertirnos en sus testigos en el mundo. «El Espíritu Santo propaga santidad por todas partes en el santo pueblo fiel de Dios» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). «La buena voluntad de Dios ha sido que los hombres no reciban la santificación y la salvación por separado, aparte de cualquier vínculo mutuo; quería convertirlo en un pueblo que lo conocería según la verdad y le serviría en santidad» (Const. dogm. Lumen gentium, 9).

Ya por medio de los antiguos profetas el Señor había anunciado a la gente este designio suyo. Ezequiel: «Pondré mi espíritu en ustedes y los haré caminar según mis leyes y los haré observar y poner en práctica mis preceptos. […] Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios» (36, 27-28). El profeta Joel: «Infundiré mi espíritu sobre todo hombre y se convertirán en profetas sus hijos y sus hijas. […] También sobre los esclavos y las esclavas infundiré mi Espíritu en aquellos días. […] Todo el que invoque el nombre del Señor será salvado» (3, 1-2,5). Y todas estas profecías se realizan en Jesucristo, «mediador y garante de la efusión perenne del Espíritu» (Misal Romano, Prefacio después de la Ascensión). Y hoy es la fiesta de la efusión del Espíritu.

Desde aquel día de Pentecostés, y hasta el final de los tiempos, esta santidad, cuya plenitud es Cristo, es dada a todos los que se abren a la acción del Espíritu Santo y que se esfuerzan por serle dóciles. Es el Espíritu el que hace experimentar una alegría plena. El Espíritu Santo, viniendo a nosotros, vence la aridez, abre los corazones a la esperanza y estimula y favorece la maduración interior en la relación con Dios y con el prójimo. Es lo que nos dice San Pablo: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22). Todo esto el Espíritu lo hace en nosotros. Por esto hoy festejamos esta riqueza que el Padre nos da.

Pidamos a la Virgen María que obtenga también hoy para la Iglesia un renovado Pentecostés, una renovada juventud que nos dé la alegría de vivir y dar testimonio del Evangelio e «infunda en nosotros un intenso deseo de ser santos para la mayor gloria de Dios» (Gaudete et exsultate, 177).