En el Día Mundial del Enfermo de este año, que además coincide con la memoria litúrgica de la Santísima Virgen de Lourdes, el Papa Francisco invitó este 11 de febrero, antes de rezar la oración mariana del Ángelus, a “contemplar a Jesús como el verdadero médico de los cuerpos y las almas”. El Papa Francisco puntualizó que el hecho más inquietante es que “Jesús toca al leproso” algo que estaba absolutamente prohibido por la ley mosaica ya que significaba estar infectado incluso dentro en el espíritu, es decir, “volverse impuro”. Y lo más sorprendente en este caso es que el leproso no transmite el contagio a Jesús, sino que Jesús transmite al leproso la purificación. Una curación en la que admiramos, además de la compasión, “la audacia de Jesús”, que no está preocupado con el contagio, sino que se mueve solo “por la voluntad de liberar a ese hombre de la maldición que lo oprime” señaló el Santo Padre. Reproducimos a continuación, el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, el Evangelio, según el relato de Marcos, nos presenta a Jesús que cura a enfermos de todo tipo. En este contexto, se sitúa la Jornada Mundial del enfermo, que se celebra hoy 11 de febrero, memoria de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes. Por lo tanto, con la mirada del corazón vuelta a la gruta de Massabielle, contemplamos a Jesús como verdadero médico del cuerpo y del alma, que Dios Padre ha enviado al mundo para curar a la humanidad, marcada por el pecado y sus consecuencias.

La página evangélica de hoy (cf. Mc 1, 40-45) nos presenta la curación de un hombre enfermo de lepra, una patología que en el Antiguo Testamento era considerada como una grave impureza e implicaba la separación del leproso de la comunidad: vivían solos. Su condición era verdaderamente penosa, porque la mentalidad de la época los hacía sentirse impuros también ante Dios no sólo delante de los hombres. También ante Dios. Por eso el leproso del Evangelio suplica a Jesús con estas palabras: “Si quieres, puedes purificarme” (v. 40).

Al oír esto Jesús siente compasión (v. 41). Es muy importante fijar la atención en esta resonancia interior de Jesús, como hemos hecho a lo largo del Jubileo de la Misericordia. No se entiende la obra de Jesús, no se entiende a Cristo mismo, sino se entra en su corazón lleno de compasión y de misericordia. Ésta es la que le impulsa a extender la mano hacía aquel hombre enfermo de lepra, a tocarlo y decirle: “¡Quiero, queda purificado!” (v. 40). El hecho más sorprendente, es que Jesús toca al leproso, porque esto estaba absolutamente prohibido por la ley de Moisés. Tocar a un leproso significaba ser contagiado también dentro, en el espíritu, es decir, hacerse impuro. Pero en este caso el influjo no va del leproso a Jesús para transmitir el contagio, sino de Jesús al leproso para darle la purificación. En esta curación, admiramos más allá de la compasión, la misericordia, también la audacia de Jesús, que no se preocupa ni del contagio ni de las prescripciones, sino que es movido por la voluntad de liberar a aquel hombre de la maldición que lo oprime.

Hermanos y hermanas, ninguna enfermedad es causa de impureza; la enfermedad ciertamente involucra a toda la persona, pero en ningún modo afecta o impide su relación con Dios. Al contrario, una persona enferma puede estar más unida a Dios. En cambio el pecado, esto sí nos hace impuros. El egoísmo, la soberbia, el entrar en el mundo de la corrupción, estas son enfermedades del corazón de las cuales es necesario ser purificado, dirigiéndose a Jesús como el leproso: “¡Si quieres, puedes purificarme!”

Y ahora, hagamos un momento de silencio y cada uno de nosotros –  todos ustedes, yo, todos –  puede pensar en su corazón, mirar dentro de sí y ver las propias impurezas, los propios pecados. Y cada uno de nosotros, en silencio, pero con la voz del corazón, decir a Jesús: “¡Si quieres, puedes purificarme!”. Lo hacemos todos en silencio.

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

Y cada vez que nos acercamos al sacramento de la Reconciliación con el corazón arrepentido, el Señor también nos repite a nosotros: “¡Quiero, queda purificado!” ¡Cuánta alegría hay en esto! Así la lepra del pecado desaparece, volvemos a vivir con alegría nuestra relación filial con Dios y somos de nuevo admitidos plenamente en la comunidad.

Por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre Inmaculada, pidamos al Señor, que ha traído a los enfermos la salud, sanar también nuestras heridas interiores con su infinita misericordia, para nuevamente darnos así la esperanza y la paz del corazón.