Refiriéndose a los milagros como parte de la misión de Jesús en favor de la pobre humanidad marcada por tantos sufrimientos, el Santo Padre dijo antes de rezar el Ángelus dominical, que son signos que iluminan provocando la conversión en virtud de la fuerza divina de la gracia de Cristo. Antes de rezar la oración mariana del Ángelus este 4 de febrero, el Papa Francisco explicó que el Evangelio de este V domingo del Tiempo Ordinario continúa con la descripción de una jornada del Señor en Cafarnaúm. Y dijo que tal como lo relata el Evangelista San Marcos, pone de relieve “la relación entre la actividad taumatúrgica de Jesús y el despertar de la fe en las personas que encuentra”. Sí, porque con los signos de las curaciones que realiza en favor de todo tipo de enfermos, el Hijo de Dios quiere suscitar la fe como respuesta. Compartimos a continuación, el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo continúa la descripción de una jornada de Jesús en Cafarnaúm, un sábado, fiesta semanal para los judíos (cf. Mc 1, 21-39). Esta vez el evangelista Marcos pone de relieve la relación entre la actividad taumatúrgica de Jesús y el despertar de la fe en las personas que encuentra. En efecto, con los signos de curación que realiza en los enfermos de todo tipo, el Señor quiere suscitar como respuesta la fe.

La jornada de Jesús en Cafarnaúm comienza por la curación de la suegra de Pedro y termina con la escena de toda la ciudad que se agolpa delante de la casa donde Él se alojaba, para llevarle a todos los enfermos. La multitud, marcada por sufrimientos físicos y miserias espirituales, constituye, por así decirlo, “el ambiente vital” en el que se realiza la misión de Jesús, hecha de palabras y de gestos que sanan y consuelan. Jesús no ha venido a traer la salvación en un laboratorio; no hace una predicación de laboratorio, separado de la gente: ¡está en medio de la multitud! ¡En medio del pueblo! Piensen que la mayor parte de la vida pública de Jesús ocurre en la calle, entre la gente, para predicar el Evangelio, para curar las heridas físicas y espirituales. Es una humanidad plagada de sufrimientos, esta multitud, de la que el Evangelio habla muchas veces. Es una humanidad plagada de sufrimientos fatigas y problemas: a esa pobre humanidad se dirige la acción poderosa, liberadora y renovadora de. Así, en medio de la gente hasta el anochecer, se concluye ese sábado. ¿Y qué hace Jesús después?.

Antes del alba del día siguiente, sale sin ser visto por la puerta de la ciudad y se retira a un lugar apartado para orar. Jesús ora. De esta manera, sustrae su persona y su misión de una visión triunfalista, que malinterpreta el sentido de los milagros y de su poder carismático. Los milagros, en efecto, son “signos”, que invitan a la respuesta de la fe; signos que son siempre acompañados por las palabras, que los iluminan; y juntos, signos y palabras, provocan la fe y la conversión por la fuerza divina de la gracia de Dios.

La conclusión del pasaje de hoy (vv. 35-39) indica que el anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús reencuentra su lugar más propio en la calle. A los discípulos que le buscan para llevarlo de nuevo a la ciudad – los discípulos han ido a buscarle al lugar donde oraba y querían llevarlo de nuevo a la ciudad – ¿qué responde Jesús? “Vamos a otra parte, a las aldeas cercanas, para que predique también allí.” (v. 38). Este ha sido el camino del Hijo de Dios y este será el camino de sus discípulos. Y deberá ser el camino de todo cristiano. La calle, como lugar del anuncio gozoso del Evangelio, pone a la misión de la Iglesia bajo el signo del “ir”, del camino, bajo el signo del “movimiento” y nunca de la inmovilidad.

Que la Virgen María nos ayude a estar abiertos a la voz del Espíritu Santo, que impulsa a la Iglesia a poner siempre más su tienda en medio de la gente, para traer a todos la palabra de curación de Jesús, médico de las almas y de los cuerpos.