En la soleada mañana invernal del 28 de enero, como todos los domingos, el Papa Francisco se asomó a la ventana del Palacio Apostólico para rezar junto con los fieles presentes en la Plaza de San Pedro la oración mariana del Ángelus. El Santo Padre meditó sobre la liturgia del día, que presenta el ingreso de Jesús a la ciudad de Cafarnaúm, la predicación en la sinagoga y la expulsión de un demonio. En primer lugar el Papa recorrió el ingreso de Jesús en la sinagoga donde, según la narración del evangelista Marcos, «Enseña de una manera nueva, llena de autoridad». Pero Jesucristo, prosiguió diciendo Francisco, no sólo enseña “de modo nuevo y con autoridad plena”, sino que al mismo tiempo “se revela poderoso también en las obras”. Compartimos a continuación, el texto de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Mc.1, 21-28), forma parte de la narración más amplia designada como “la jornada de Cafarnaúm”. En el centro del relato de hoy, está el evento del exorcismo, a través del cual Jesús es presentado como profeta poderoso en palabras y en obras.

Entra en la Sinagoga de Cafarnaúm el sábado y se pone a enseñar; las personas se impresionan con sus palabras, porque no son palabras ordinarias, no se parecen a las que escuchan habitualmente. Los escribas, de hecho, enseñan pero sin tener una autoridad personal. Y Jesús enseña con autoridad. Jesús, al contrario, enseña como uno que tiene autoridad, revelándose así como el Enviado de Dios, y no como un simple hombre que debe fundar sus enseñanzas solamente en las tradiciones anteriores. Jesús tiene una plena autoridad. Su doctrina es nueva y el Evangelio dice que la gente comentaba: “Una nueva enseñanza dada con autoridad” (v. 27)

Al mismo tiempo, Jesús se revela poderoso también en las obras. En la sinagoga de Cafarnaúm, hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se manifiesta gritando estas palabras: “¿Qué quieres de nosotros Jesús de Nazaret? ¿Has venido para arruinarnos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios!” (v. 24). El diablo dice la verdad: Jesús ha venido para arruinar al diablo, para arruinar al demonio, para vencerlo. Este espíritu inmundo conoce el poder de Jesús y proclama también su santidad. Jesús le reprende diciendo: “¡Cállate! Sal de él” (v. 25). Estas pocas palabras de Jesús son suficientes para obtener la victoria sobre Satanás que sale de este hombre “sacudiéndolo y gritando fuerte” dice el Evangelio (v. 26).

Este hecho impresiona mucho a los presentes y todos quedan presos del temor y se preguntan: “¿qué significa esto? […..] Ordena incluso a los espíritus inmundos, y le obedecen” (v. 27). El poder de Jesús confirma la autoridad de su enseñanza. Él no solo pronuncia palabras sino que actúa. Así manifiesta el proyecto de Dios con las palabras y con el poder de las obras. En el Evangelio, en efecto, vemos que Jesús, en su misión terrenal, revela el amor de Dios ya sea con la predicación o con los innumerables gestos de atención y ayuda a los enfermos, a los necesitados, a los niños, a los pecadores.

Jesús es nuestro Maestro, poderoso en palabras y obras. Jesús nos comunica toda la luz que ilumina los caminos, a veces oscuros, de nuestra existencia; nos comunica también la fuerza necesaria para superar las dificultades, las pruebas, las tentaciones. ¡Pensemos en la gran gracia que es para nosotros haber conocido a este Dios tan poderoso y tan bueno! Un maestro y un amigo, que nos indica el camino y que nos cuida, especialmente cuando estamos en la necesidad.

La Virgen María, mujer de la escucha, nos ayude a hacer silencio alrededor y dentro de nosotros, para escuchar, en el fragor de los mensajes del mundo, la palabra con más autoridad: la de su Hijo Jesús, que anuncia el sentido de nuestra existencia y nos libera de toda esclavitud, incluso la del Maligno.